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#PARALEER

Zlatan, de robar bicicletas a ser crack mundial

El sueco tuvo una infancia problemática, en un barrio pobre de Malmö, donde aprendió a ser un mago del balón. Secretos, ansiedades y egolatrías de un fenómeno.

“Cuando necesitábamos algo íbamos a la tienda y lo robábamos. Tenía una gran relación con las bicicletas. También llegamos a robar coches. Era como vivíamos. No lo hacíamos para venderlos o sacar provecho, solamente lo hacíamos”.

Aunque no se piensa como un chico malo, el joven Zlatan ama que piensen que lo es. Ama que lo miren y supongan sobre él. Gusta de sentirse observado, aunque apenas es un muchacho del suburbio de Malmö, Suecia. Tiene sueños, sí. Piensa en grande, claro. Pero todavía sigue siendo el chico malo que, si no tiene algo de suerte, jamás saldrá de ese lugar.

“En mi casa no nos dábamos abrazos. Nadie te preguntaba cómo te había ido el día, ni te ayudaba con los deberes. Había que enfrentarse a las cosas solo; si alguien te trataba con crueldad, no valía lloriquear, había que apretar los dientes. Había peleas y me llevé una buena ración de bofetadas. Solo sabíamos ser duros”.

Zlatan tiene hambre cada día. Cuando el estómago duele, la pelota es su principal distracción, la que le quita las ansiedades, la que lo tiene horas y horas en un pequeño parque de la ciudad, donde se desafía con otros chicos a hacer la acrobacia más increíble. Ahí, en ese terreno de superficie dificultosa, el jovencito aprende los trucos que lo volverán un gigante del fútbol mundial. 

“Vengo de Rosengard. En Suecia se considera un barrio marginado, pero para mí era un paraíso. Crecí allí y tenía muchos amigos. Puedes sacar al chico de Rosengard, pero no puedes sacar a Rosengard del chico. Nadie hubiera pensado que alguien nacido ahí iba a lograr una carrera exitosa en el fútbol”.

 

Sufre por su madre, que se divorció tumultuosamente de su padre. Este último, cruje al calor de un historial de problemas con el alcohol, que lo alejan del talento de su hijo. En ese contexto, el fútbol se agiganta como esperanza, porque Zlatan sabe que en sus piernas hay algo distinto. Algunos podrán decir que es un soberbio, pero él está seguro que lo conseguirá.

“Siento que a veces soy un poco presuntuoso. Paso los límites establecidos. Pero no tengo dudas que cuando sea profesional lo corregiré. Lo primero que haré será comprarme un Diablo y un Lamboghini”.

La dinámica del conflicto lo vuelve fuerte. Es algo en su carácter. En su alma. Mientras el resto de los jugadores suecos obedecen cada regla, él se hace poderoso en la divergencia. Su talento, su inagotable, talento, lo soluciona todo. Al mismo tiempo, recibe algunas advertencias: sólo podrá volverse una megaestrella si encamina su profesionalismo.

"Malmö fue muy importante. Allí fue donde todo empezó. Allí fue donde me dije: 'O hago esto de verdad o perderé mi tiempo', y esa fue una decisión que tomé jugando en el filial del Malmö. Ellos me dieron la oportunidad de demostrar lo que podía hacer y yo la aproveché. Incluso si era muy duro sabiendo de donde venía, mi nombre, mis antecedentes, yo tuve que pelear duro. Tuve que ser mejor que todos los demás para poder tener éxito".

Se convierte en grande siguiendo a su obstinación y a sus condiciones, pero, sobre todo, amando al fútbol como máximo precepto. Zlatan juega en su club y juega afuera. Así llega a la Primera del Malmö y llama la atención del Ajax. Su vida conduce a Juventus, Inter, Milan, Barcelona, PSG y Manchester United. El chico del suburbio será una megaestrella mundial.

"El fútbol lo era todo. Jugábamos todo el día, en la escuela, en la casa, en todos los lugares. Antes de practicar el fútbol, jugábamos fútbol. Después de entrenar al fútbol, jugábamos al fútbol. Era constante. Mucho fútbol. Teníamos un campo en el centro de un descampado y ahí es donde pasaba todo. Sentía que era más importante jugar bien allí que en el club. Jugamos mucho al fútbol allí con amigos y personas que venían de otros sitios a retarnos. En ese campo pasaron muchas cosas".

 

Zlatan Ibrahimovic sabe que ahora es una megaestrella mundial, pero no olvida sus comienzos. Por eso, cuando su esposa, Helena Seger, va al supermercado, sólo tiene una cosa que pedirle: que compre mucho. Quiere que llene todas las alacenas de cosas para que a sus hijos, Maximilian y Vincent, no le falten productos a disposición, como a él le ocurría en su infancia.

“La gente siempre me pregunta qué habría hecho de no ser futbolista. No tengo ni idea. Quizá habría acabado siendo un delincuente. Mi cuerpo siempre está listo para la lucha. Es el camino que elegí. Era la única forma de sobrevivir. Tuve a padres y a entrenadores en mi contra desde el principio, y gran parte de lo que aprendí fue gracias a que no presté atención a lo que decían los demás”.

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Los puntos de vista y opiniones expresadas en este post son solamente las del autor y no representan necesariamente las de Pasión Fútbol.

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