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Pratto, de fabricarse los botines a cumplir el sueño de su hija

El delantero sufrió una niñez sacrificada, con carencias y la ausencia de su padre. Ahora, la vida le ofreció revancha y es el refuerzo estrella de la Copa Libertadores.

En una mesa, delante suyo, Daniela, su madre, y Leandro, su hermano mayor, se dividen los pedazos de pan que oficiarán de cena. Esta noche no tienen nada más. Apenas eso y unas tazas de mate cocido que -en el barrio de Los Hornos, en La Plata, Argentina- ofician de cena. Sin más. Sin otra cosa que comer. Sin postre. Y sin una figura paternal, ya que el progenitor de los dos chicos dejó a la familia para formar otra, casi sin mirar atrás. Lucas, sin embargo, sabe que el fútbol lo sacará de allí. Por eso entrena más que el resto. Por eso vive arriba de la pelota.

Había empezado en Gimnasia de Los Hornos y luego buscó probarse en Estudiantes de La Plata, pero sólo lo querían para la liga local, no para AFA, y él creía que estaba para más. Entonces intentó en Cambaceres (hoy en la cuarta categoría del fútbol argentino) con su hermano y comenzó en Séptima. Iba al colegio en bici a la mañana, volvía a su casa y caminaba 20 cuadras para tomar un colectivo para viajar a Ensenada. Tenía una hora de viaje de ida y otra de vuelta: volvía a casa a las 9 de la noche.

Repartía volantes de locales gastronómicos. Hacía de custodio en salones de fiestas, donde amparado en su gran físico, oficiaba de "seguridad", aunque con la orden de no meterse en los conflictos y apenas llamar a la policía si pasaba algo. Al mismo tiempo, insistía con el fútbol en Cambaceres, donde su puesto era de volante central o mediocampista por derecha, pero con la idea fija del gol, al que llegaba seguido. “Estilo Maxi Rodríguez, pero no tan bueno”, dijo en 2013 a El Gráfico.

 “En Cambaceres me tenía que comprar los botines, y como no tenía plata para tener unos de marca, mi mamá me los hacía fabricar en una zapatería del barrio, donde me salían mucho más baratos, la mitad de lo que costaban los Envión, por ejemplo. Ni hablar de unos Puma o unos Nike. En la zapatería salían 25 pesos los negros y 30 si los querías de un color. Para combinarlos con los colores de Cambaceres yo los pedía blancos y con la pipa de Nike roja. Todo trucho, por supuesto”, recuerda.

Sin embargo, cuando parecía que su camino en el fútbol comenzaba a cerrarse, un toque mágico del destino cambió la historia. “En Cambaceres tenía un profe que era socio de Gabriel Palermo, el hermano de Martín. Un día de diciembre me dijeron que me llevaban a hacer una prueba, pero yo no sabía en qué club era, recién me enteré cuando llegamos a Casa Amarilla. Alfredo Altieri, que era el coordinador, me preguntó de qué jugaba y le contesté que era delantero. Hice una buena práctica y me dijo que en enero volviera, que me iban a llevar a la pretemporada y que seguiría a prueba. Yo era fanático de Boca. Cuando volví a mi casa y le conté a mi mamá, se puso a llorar. Yo no entendía nada, era raro para mí verla así”, dice.

En Boca conoció a Martín Palermo, su gran ídolo. Llegó a Primera y aprendió a su lado. Hasta compartió representante con el astro azul y oro. Pero, claro, el cuento de hadas se acabó pronto, ya que debió irse a buscar minutos lejos de La Bombonera.

"Nada me fue fácil, estuve en las inferiores de Boca y no pude quedarme lo que hubiese querido. Fui a Tigre, estuve en Noruega, anduve en la B Nacional. Mi ejemplo es claro: hasta sufrí la arremetida de barras bravas en Unión porque no ascendimos, no podía salir a la calle. No es fácil". 

Pratto vagó por Tigre, el Lyn Oslo y Unión de Santa Fe y parecía que su carrera marchaba hacia el fútbol de ascenso de Argentina. Todo volvió a moverse cuando pasó a la Universidad Católica de Chile, en medio de una negociación ajena. El chico de 22 años recién cumplidos entraba en la letra chica de los diarios argentinos que hablaban de la llegada a la Bombonera del chileno Gary Medel; Pratto era “la parte de pago” que recibiría la Católica. Su quinto club fue su trampolín definitivo: a los tres minutos de haber entrado a la cancha por primera vez con su nueva camiseta ya estaba festejando un gol, contra el Everton. Un guiño de lo que vendría. En diciembre de 2010 era campeón del torneo chileno, y al año siguiente, con el 2 en la espalda, su apellido se lucía en las estadísticas de la Copa Libertadores. Motivado por ese rendimiento, el Genoa italiano puso los 4,5 millones de dólares que pedían en Chile por su pase. 

"Los elogios me llegaron de grande. Jugué en todos los clubes. En Tigre llegué con 19 años, pero no me renovaron el préstamo. En Noruega jugué, en Boca la luché, por el Coco Basile me saco el sombrero. Estaban Gaitán, Mouche, Palermo, Viatri. Me fui a Unión y, en Chile, en la Católica, salí campeón con Pizzi; hicimos una gran campaña en la Libertadores. En Italia [en Genoa] estuve poco tiempo, jugué la mayoría de los partidos, pero me quería ir".

El final feliz del cuento lo llevó a lo más alto. Primero fue Vélez, después Atlético Mineiro y, finalmente, San Pablo. Además, fue citado por Edgardo Bauza para la Selección Argentina, donde convirtió goles. Pero, claro, había alguien que lo necesitaba cerca. Que pedía su vuelta a casa. Que lo invitaba a no repetir lo que él mismo había sufrido.

"No tuve una figura paterna, y para mí lo más importante es mi familia. Mi hija me necesita y tengo que estar cerca de ella", dijo Pratto y se despidió del San Pablo. Justo allí, cerró su llegada a River a cambio de 13 millones de dólares, una cantidad inédita para el fútbol argentino y para el equipo de Nuñez. Pratto, el que decidió cambiar su historia dentro de la cancha, también la está cambiando fuera.

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