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VIENE DE FAMILIA

Alejandro Hohberg, con la Copa Libertadores en su ADN

El autor del golazo de César Vallejo ante el São Paulo viene una gran tradición copera: su abuelo Juan Eduardo Hohberg se consagró campeón de América con Peñarol en 1960 y logró el cuarto puesto del Mundial 1954 con Uruguay.

La Copa Libertadores 2016 empezó con todo y como siempre, detrás de cada jugador hay historias maravillosas con raíces en los inicios de este torneo. Ayer, en Trujillo, César Vallejo recibió al São Paulo por la primera fase y Alejandro Hohberg sorprendió a todos con un remate espectacular que se clavó en el ángulo y le dio la ventaja transitoria a Los Poetas.

El partido terminaría 1-1 porque Jonathan Calleri lo empataría en el segundo tiempo, pero más allá de lo que sucedió en el partido, lo que pocos conocen es que el apellido Hohberg esconde una gran historia íntimamente relacionada con la Copa Libertadores y también con un hecho que quedó guardado en las páginas de la Copa del Mundo.

Hace casi veinte años, en Lima, Perú, fallecía el hombre que ya se había muerto una vez en una cancha de fútbol, jugando un Mundial y haciendo honor a la Garra Charrúa, aunque llegó al mundo del otro lado del Río de la Plata. Juan Eduardo Hohberg fue un histórico goleador de Peñarol con un récord de 283 goles en 193 partidos. Sí, la cifra no está errada. Era el Ronaldo o Messi de esos tiempos porque tuvo más goles que partidos con la camiseta del Manya. Sus goles lo llevaron a la cima de América en 1960, casualmente su último año en el club uruguayo y el primero de un torneo que hasta el día de hoy es el más importante del continente.

Además de haber quedado en la historia como parte del primer campeón de la Copa Libertadores, El Verdugo también fue el protagonista de un hecho que milagrosamente no fue trágico. No exageré unas líneas más arriba cuando dije que este delantero modelo de los años ‘50 ya se había muerto antes de su muerte. El 30 de junio de 1954 le tocó debutar en la Copa del Mundo para Uruguay, en la semifinal contra Hungría. Faltaban quince minutos, los europeos ganaban 2-0 y Hohberg arremetió dos veces para igualar el partido. Silencio aterrador en el Estadio Olímpico de La Pontaise Lausanne de Suiza. ¿Recuerdo del mítico Maracanazo? Para nada. Hohberg se desploma, la lluvia le golpea la cara, sus compañeros perdieron las ganas de festejar por haber remontado un partido que parecía perdido. El goleador letal no responde, yace inmóvil y la Copa del Mundo deja de importar. No respira. Su corazón no late. Se murió. Jugando al fútbol. En un Mundial. Remontó una semifinal él solo, en su debut y se murió en el césped.

A Hohberg le empiezan a practicar todo tipo de técnicas para resucitarlo, le ponen una máscara de oxígeno. Milagro. Revive. Resucita. Respira. Hoy, 62 años después, se lo habrían llevado urgentemente a un hospital en una ambulancia. Aquel día, esperaron que la resurrección fuera completa. Cuando el músculo que motoriza al cuerpo humano volvió a bombear y la sangre guerrera de Hohberg volvió a circular, se levantó y siguió jugando, como si la dolencia por la que había estado tendido minutos antes hubiese sido por una simple patada.

Los libros dicen que ese día, cuando un jugador se murió, revivió y siguió jugando, Hungría le ganó a Uruguay 4-2 en el tiempo suplementario y luego cayó en la final del Mundial contra Alemania. Hohberg también marcó en la derrota contra Austria por el tercer y cuarto puesto. Evidentemente, además de sus piernas, también su corazón era muy fuerte. 

Más de medio siglo más tarde, el nieto de El Verdugo debutó con un golazo en la Copa Libertadores y desde el cielo, su abuelo disfrutó de verlo rindiendo un homenaje a su ADN.

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Los puntos de vista y opiniones expresadas en este post son solamente las del autor y no representan necesariamente las de Pasión Fútbol.

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